St. John's Roman Catholic Church

LA ORACIÓN ES LUZ DEL ALMA

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  • De las homilías de san Juan Crisóstomo, obispo

    El sumo bien está en la plegaria y en el diálogo con Dios, porque equivale a una íntima
    unión con él: y así como los ojos del cuerpo se iluminan cuando contemplan la luz, así
    también el alma dirigida hacia Dios se ilumina con su inefable luz. Una plegaria, por
    supuesto, que no sea de rutina, sino hecha de corazón; que no esté limitada a un tiempo
    concreto o a unas horas determinadas, sino que se prolongue día y noche sin interrupción.
    Conviene, en efecto, que elevemos la mente a Dios no sólo cuando nos dedicamos
    expresamente a la oración, sino también cuando atendemos a otras ocupaciones, como el
    cuidado de los pobres o las útiles tareas de la munificencia, en todas las cuales debemos
    mezclar el anhelo y el recuerdo de Dios, de modo que todas nuestras obras, como si
    estuvieran condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en un alimento
    dulcísimo para el Señor. Pero sólo podremos disfrutar perpetuamente de la abundancia
    que de Dios brota, si le dedicamos mucho tiempo.
    La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los
    hombres. Hace que el alma se eleve hasta el cielo y abrace a Dios con inefables abrazos,
    apeteciendo la leche divina, como el niño que, llorando, llama a su madre; por la oración,
    el alma expone sus propios deseos y recibe dones mejores que toda la naturaleza visible.
    Pues la oración se presenta ante Dios como venerable intermediaria, alegra nuestro
    espíritu y tranquiliza sus afectos. Me estoy refiriendo a la oración de verdad, no a las
    simples palabras: la oración que es un deseo de Dios, una inefable piedad, no otorgada
    por los hombres, sino concedida por la gracia divina, de la que también dice el Apóstol:
    Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por
    nosotros con gemidos inefables.
    El don de semejante súplica, cuando Dios lo otorga a alguien, es una riqueza
    inagotable y un alimento celestial que satura el alma; quien lo saborea se enciende en un
    deseo indeficiente del Señor, como en un fuego ardiente que inflama su alma.

    Cuando quieras reconstruir en ti aquella morada que Dios se edificó en el primer
    hombre, adórnate con la modestia y la humildad y hazte resplandeciente con la luz de la
    justicia; decora tu ser con buenas obras, como con oro acrisolado, y embellécelo con la fe
    y la grandeza de alma, a manera de muros y piedras; y, por encima de todo, como quien
    pone la cúspide para coronar un edificio, coloca la oración, a fin de preparar a Dios una
    casa perfecta y poderle recibir en ella como si fuera una mansión regia y espléndida, ya
    que, por la gracia divina, es como si poseyeras la misma imagen de Dios colocada en el
    templo del alma.